
En Mistrató, Risaralda, niñas y niños Embera Chamí salieron a observar aves, preguntaron en sus casas y conversaron con los mayores de su comunidad. El resultado es Iuja ibanãrã – Las aves de la tierra, un libro que reúne 50 nombres de aves en Embera y, detrás de ellos, una manera de mirar, conocer y entender la naturaleza.
Antes de que existieran las guías de aves, los binoculares, las aplicaciones para identificarlas o los nombres científicos, la gente ya miraba los pájaros. Los escuchaba. Sabía dónde aparecían. Reconocía qué comían, cómo se comportaban o qué sonidos hacían. Y, por supuesto, les ponía nombres.
En los bosques del alto río San Juan, en Mistrató, Risaralda, una parte de ese conocimiento ha pasado durante generaciones entre las familias Embera Chamí. Ahora, un grupo de niñas y niños decidió salir a buscarlo. El resultado es un libro cuyo comienzo quizá sea la mejor manera de explicar lo que hicieron: “Este librito es una gran reunión de aves. Es una bandada.”
Se llama Iuja ibanãrã – Las aves de la tierra y reúne 50 nombres que la gente Embera Chamí de Mistrató utiliza para las aves que habitan los bosques del alto río San Juan. Pero esta no es simplemente una cartilla que traduce nombres de aves del español a la lengua Embera. Es algo mucho más interesante.
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Un nombre puede contar una historia
Pensemos en cualquier pájaro que conozcamos. Tal vez lo llamamos por su color, por el sonido que hace o simplemente porque alguien nos enseñó que ese era su nombre. En el conocimiento Embera que recoge este libro ocurre algo parecido, pero cada nombre puede contener una pista sobre la relación que durante generaciones se ha construido con las aves.
Está, por ejemplo, kuikuinu, nombre utilizado para Sayornis nigricans, un pájaro asociado a los ríos. Su nombre viene de kui, que significa “bañarse”. Está padajõjõi, Icterus chrysater. Su nombre está relacionado con pada, “plátano”, y el libro cuenta que es un pájaro muy observado durante las épocas de cosecha del plátano.
Y está jĩbusu. Significa aproximadamente “chupador de néctar” y es el nombre que se aplica a casi todas las especies de colibríes. Incluso puede utilizarse para otras aves que, según la clasificación científica, no son colibríes, como algunas del género Galbula.
Entonces aparece una idea fascinante: no todas las culturas tienen que organizar la naturaleza de la misma manera.

Hay pájaros que prácticamente dicen su propio nombre
Algunos nombres recopilados en el libro tienen un origen todavía más sencillo de entender. Solo hay que escuchar. Sʉrr. Chokorr. Ɓaaramosa. Son nombres que nacen como onomatopeyas: intentan representar con palabras los sonidos producidos por las propias aves. Corresponden, respectivamente, a Nothocercus julius, Crypturellus soui y Nyctibius griseus.
Es casi como si el pájaro hubiera dicho primero cómo quería llamarse. Otros nombres pueden surgir de una semejanza. Betorr, utilizado para Thamnophilus multistriatus, significa “maíz blanco”. Comportamiento, alimento, sonidos, semejanzas… los nombres empiezan a convertirse en pequeñas historias.
Los niños salieron a buscar esas historias
Aquí está quizás la parte más bonita del proyecto. Los nombres no fueron recopilados únicamente buscando información en libros. El Grupo de Observación de Aves Jĩbusu, conformado por niñas y niños Embera de la Institución Educativa Indígena La Inmaculada de San Antonio Chamí, en Mistrató, trabajó durante varios meses entre 2025 y 2026.
Hubo trabajo en los salones de clase y salidas para observar aves. Pero también ocurrió algo fundamental: los estudiantes fueron invitados a preguntar en sus propias casas. Hablaron con sus familiares, preguntaron cómo conocían las aves y parte del trabajo se complementó mediante conversaciones con los mayores Embera María Elba Siagama Tascón, Rogelio Nengarabe Jaramillo, Nelson Siagama Chicama y Martha Caizales Tascón, en la vereda Jeguadas, dentro del Gran Resguardo Unificado Embera Chamí sobre el río San Juan.
Así, una actividad de observación de aves terminó conectando a los niños con la memoria de sus propias familias.

También las dibujaron
Hay otra cosa que llama inmediatamente la atención al abrir el libro: sus aves. No son solamente fotografías o ilustraciones científicas. Durante varios meses, las niñas y niños de Jĩbusu observaron las aves de los bosques del alto San Juan y dibujaron lo que habían visto y aprendido.
El libro explica que esos dibujos cumplen una doble función: son registros de las observaciones hechas por los propios niños y, al mismo tiempo, testimonios del conocimiento y la memoria que conservan sus familiares. Algunos fueron incluidos directamente en la publicación y sirvieron de inspiración para las ilustraciones que acompañan las especies.
Por eso las páginas tienen algo especial. No estamos viendo únicamente cómo es un pájaro. Estamos viendo cómo un niño lo vio.

50 nombres, pero no necesariamente 50 especies
Hay otro detalle del libro particularmente interesante. Nuestra forma habitual de pensar las aves nos lleva a imaginar que cada especie debe tener su propio nombre. Pero no necesariamente funciona así en el conocimiento tradicional.
El libro explica que, en algunos casos, un mismo nombre Embera puede utilizarse para varias aves que la ciencia occidental considera especies diferentes. Eso no significa que una manera sea correcta y la otra equivocada. Significa que estamos frente a distintas formas de observar, agrupar y comprender la enorme diversidad de seres vivos que comparten un territorio.
Los propios autores reconocen que pueden existir clasificaciones locales de las aves que desafían los intentos de construir una clasificación general.
Y ahí el libro deja de ser simplemente una guía de aves. Se convierte también en una pequeña ventana hacia otra manera de entender el mundo.
Una escuela, las aves y el territorio
El proyecto tiene además una historia educativa detrás. Desde 2021, National Audubon Society ha acompañado en Colombia a instituciones educativas y docentes interesados en implementar un currículo para la conservación de las aves.
Catalina Casas Cruz, de Audubon, explica en la propia publicación que Iuja ibanãrã rescata los nombres que el pueblo Embera ha dado a las aves y que, más que una lista, refleja el conocimiento, la historia y la relación de la comunidad con ellas, construidos a partir de observar sus colores, comportamientos y formas de vida.
La publicación fue posible gracias a varias manos. Henry Rincón García dirige el Grupo Jĩbusu; Alejandro Alzate Camacho estuvo a cargo de la dirección editorial; Mauricio Pardo Rojas realizó la asesoría académica y Jairo Siagama Caizales la asesoría lingüística. El trabajo de campo contó con financiación de Global Greengrants Fund y National Audubon Society apoyó la impresión. La primera edición, publicada en 2026, tuvo un tiraje de 1.000 ejemplares.

Cuando desaparece un ave, también puede desaparecer lo que sabemos de ella
Hacia el final del libro aparece una reflexión que cambia nuevamente la dimensión de esta historia. Henry Rincón recuerda que el conocimiento Embera sobre las aves también puede perderse. Durante los últimos años, varias generaciones de integrantes del Grupo Jĩbusu, conformado mayoritariamente por niñas y niños Embera, han trabajado no solamente por defender las aves, sino también por preservar lo que la gente sabe acerca de ellas.
Para hacerlo han seguido un camino aparentemente sencillo: acercarse a quienes saben y salir al campo a encontrarse con las propias aves.
Y quizás ahí está la enseñanza más grande de este pequeño libro. Conservar un ave no consiste solamente en evitar que desaparezca. También puede significar conservar su nombre, la historia que se cuenta sobre ella, el sonido con el que una comunidad la reconoce, la relación con una cosecha, el recuerdo de un abuelo, la palabra que un niño aprende cuando pregunta en su casa: “¿Cómo se llama este pájaro?”
Iuja ibanãrã reunió 50 de esas respuestas. Son apenas una pequeña parte de las aves que habitan el territorio y una pequeña muestra del enorme conocimiento Embera Chamí sobre ellas. El propio libro reconoce que todavía queda muchísimo por documentar. Iuja_ibanara_Ibanara_San_Juando…
Por eso Alejandro Alzate termina su texto con un deseo sencillo y poderoso: que haber reunido estas aves y sus nombres permita que algún día aparezcan bandadas aún más grandes.
Tal vez de eso se trate. De que los niños sigan preguntando, de que los mayores sigan contando y de que las aves sigan estando allí para ser observadas, escuchadas, dibujadas y nombradas.

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Birds Colombia – La Voz de las Aves