
En las selvas de Nariño, un relato transmitido por las abuelas sobre el colibrí inspira una historia de mujeres, memoria ancestral y cuidado de la vida.
Hay aves que parecen demasiado pequeñas para cargar una historia tan grande.
El colibrí es una de ellas. Apenas un destello entre las hojas, una presencia fugaz que aparece frente a una flor y desaparece en el bosque. Sin embargo, para algunas comunidades indígenas, su importancia no se mide por el tamaño de sus alas, sino por los significados que acompañan su existencia.
En el pueblo Awá, que habita territorios del suroccidente colombiano y el norte de Ecuador, el colibrí forma parte de un universo de conocimientos transmitidos entre generaciones.
Una publicación del Museo del Oro recupera una expresión especialmente conmovedora: las abuelas Awá decían que el colibrí curaba las tristezas.
La frase abre una puerta hacia una historia en la que la naturaleza, la memoria de los mayores y el cuidado de las familias se encuentran.
La sabiduría que vuela de generación en generación
En la tradición cultural Awá, el territorio no es simplemente el lugar donde se vive. Es también un espacio de aprendizaje, relaciones y conocimientos.
Según el relato recuperado por el Museo del Oro, las abuelas Awá recordaban que, tiempo atrás, existían mensajeros que llegaban a las casas para aliviar los males y la soledad. Cuando les preguntaban quiénes eran, descubrían que se identificaban con el colibrí. Aquella memoria, transmitida por las mayores, permite comprender la relación simbólica entre el ave y las mujeres que hoy llevan mensajes de cuidado a sus comunidades.
Los animales, las plantas, los ríos y las montañas forman parte de una manera de comprender el mundo que se transmite mediante las experiencias cotidianas y la palabra de los mayores.
En ese universo aparece el ñánkara, el colibrí o quinde, asociado en distintas expresiones culturales Awá con la comunicación, la memoria y la resistencia.
Un audiovisual presentado por el Museo Nacional de Colombia, titulado Ñankara (Tras la mirada awá), relata la historia de un niño que sueña con un colibrí y, siguiendo los consejos de su abuelo, emprende un camino de reconocimiento de su pueblo y su territorio.
Es una muestra de cómo un ave puede convertirse en parte de una historia sobre la identidad y la transmisión del conocimiento.
La imagen del colibrí que cura las tristezas pertenece a ese amplio universo de relatos, aunque su significado preciso merece ser escuchado directamente de las personas que conservan esta tradición.

Las mensajeras de vida
En las selvas de Nariño, la memoria de las abuelas también encontró una expresión en el trabajo de las mujeres.
El proyecto Awá kuattuzpa yalta ishunamkamakpas, conocido en español como Somos mensajeras de vida en casa, nació para fortalecer el cuidado de las familias y promover entornos protectores para la niñez desde la propia cultura Awá.
Inspiradas, según el relato compartido por el Museo del Oro, en la tradición del colibrí, mujeres de las comunidades comenzaron a llevar mensajes de cuidado y bienestar de familia en familia.
El juego, la música y el diálogo se convirtieron en herramientas para compartir conocimientos, reflexionar sobre las relaciones familiares y promover una mayor participación de los hombres en las tareas de cuidado.
No se trataba únicamente de llevar información. También era necesario construir confianza, reconocer los conocimientos existentes y encontrar maneras de conversar respetando la lengua y las tradiciones de las comunidades.
En 2017, el Museo del Oro abrió un espacio para conocer esta experiencia a través de las voces de Viviana Pai Pai y María del Pilar Zamudio, quienes participaron en una conferencia dedicada al proyecto.
La historia de las mensajeras ya tenía entonces varios años de recorrido.
En junio de 2017, Viviana Pai Pai, mujer indígena Awá, y María del Pilar Zamudio llevaron esta experiencia al Museo del Oro de Bogotá, durante el ciclo Género, guerra y resiliencia. Allí presentaron el proyecto Awá kuattuzpa yalta ishunamkamakpas | Somos mensajeras de vida en casa, una iniciativa de construcción de entornos protectores para la niñez desde las familias y las comunidades. Según la presentación de la conferencia, el proyecto estuvo asociado con una reducción del 50 % en la morbimortalidad de niños y niñas menores de seis años en el Resguardo Indígena El Gran Sábalo entre 2014 y 2015. Detrás de esa cifra aparece una historia de mujeres que han asumido un papel fundamental en el cuidado de la vida y la transmisión de los conocimientos de su pueblo.
Los caminos del cuidado
En junio de 2026, una publicación de la Gobernación de Nariño volvió a documentar el trabajo de Mensajeras de vida en casa en comunidades indígenas de Barbacoas.
El reportaje describió una estrategia de formación y prevención en salud que llega a más de cien familias y en la que participan principalmente mujeres.
Cada mes, alrededor de veinte personas reciben capacitación para compartir posteriormente esos conocimientos en sus comunidades.
Llegar a los encuentros no siempre es sencillo. Algunas participantes deben atravesar ríos durante horas y recorrer largos caminos a pie. Otras necesitan viajar hasta dos días.
La distancia geográfica es apenas uno de los desafíos. La comunicación entre profesionales de salud y comunidades también exigió aprender a encontrarse a través de la lengua, las costumbres y el respeto por la autonomía indígena.
El awapit, lengua del pueblo Awá, ocupa un lugar fundamental en ese proceso.
Con el paso de los años, las mujeres han asumido un papel importante en la transmisión de conocimientos sobre el cuidado de la vida.

En la memoria de las abuelas Awá, el colibrí aparece asociado con mensajeros que llegaban a los hogares para aliviar los males y la soledad. Imagen: Museo del Oro. Ilustración: Miles McMullan.
El colibrí y las historias que permanecen
Resulta significativo que una historia sobre un ave tan pequeña pueda acompañar una iniciativa comunitaria de tan largo recorrido.
Los colibríes cumplen funciones ecológicas importantes como polinizadores. Al visitar las flores para alimentarse de néctar, muchas especies transportan polen y contribuyen a la reproducción de las plantas.
Pero en los relatos humanos también pueden adquirir otros significados.
El colibrí que aparece en la memoria de las abuelas Awá nos recuerda que las aves no solamente habitan los ecosistemas. También están presentes en las palabras, los conocimientos y las formas de comprender la vida de quienes comparten sus territorios.
No sabemos todavía cómo se narraba originalmente la historia del colibrí que curaba las tristezas, ni cuáles eran todas las enseñanzas que las abuelas asociaban con ella.
Recuperar esas voces es una tarea que merece hacerse con respeto, escuchando a quienes conocen y conservan el relato.
Mientras tanto, la experiencia de las mensajeras de vida nos muestra algo extraordinario: una tradición cultural puede acompañar procesos comunitarios que atraviesan generaciones y mantienen viva la importancia del cuidado.
Quizás por eso la frase de las abuelas resulta tan poderosa.
Porque detrás de aquel pequeño colibrí que curaba las tristezas hay una historia mucho más grande: la de unas mujeres que han encontrado maneras de llevar cuidado, conocimiento y esperanza a sus comunidades.
Las aves cuentan historias. Algunas llevan generaciones esperando que aprendamos a escucharlas.