¿Qué es realmente una fotografía?

Colombia  ·  24 mayo 2025  ·  Editorial
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Por Mauricio Ossa Aristizábal

Ha muerto Sebastião Salgado . Uno de mis grandes referentes. Desde que vi su documental y conocí el poder de su obra fotográfica, cambió mi mirada sobre la fotografía y sobre el poder que tiene una imagen. Salgado no solo dedicó su vida a captar imágenes, sino a narrar, a incomodar, a conmover. Si no conocen su historia, les recomiendo ver el documental La sal de la tierra. Ahí entenderán que la fotografía puede ser mucho más que estética: puede ser memoria, denuncia, testimonio, poesía.

Pensando en su legado, hoy me hice una pregunta incómoda qué hace múcho ronda en mi cabeza:

¿Qué estamos haciendo hoy los fotógrafos de aves?

Y más aún, ¿quiénes son realmente fotógrafos?

Hoy cualquiera con una cámara —o incluso con un celular— se autoproclama fotógrafo. En el mundo de la fotografía de aves, esta tendencia se ha multiplicado. Vemos imágenes técnicamente perfectas, con aves hermosas congeladas en vuelos, perchas limpias, fondos cremosos. Son bellas, sí. Pero muchas veces no cuentan nada más. Son retratos de seres hermosos, y no mucho más.

Me he preguntado si acaso nos hemos convertido en retratadores de aves más que en fotógrafos. ¿Dónde están las historias detrás de esas especies? ¿Dónde está el mensaje? ¿Dónde está el alma?

Crear una composición en una fotografía de un ave es mucho más que tener un buen equipo; es un verdadero arte que requiere conocimiento, sensibilidad y un entendimiento profundo de la fotografía como lenguaje.

En la era digital, donde la tecnología avanza rápidamente y el acceso a cámaras y equipos de alta gama está al alcance de muchos, a veces se olvida que la esencia de una fotografía no está solo en la nitidez, la velocidad o el tamaño del sensor. La fotografía es una forma de comunicación visual que debe ser estudiada, practicada y sentida.

La composición es la base de esta comunicación. No es solo encuadrar un ave bonita en un fondo difuminado o capturar un instante congelado en vuelo. Es organizar los elementos dentro del cuadro para guiar la mirada del espectador, transmitir emociones y, sobre todo, contar una historia.

Esto implica comprender la luz, el color, las líneas, los contrastes, el espacio y el momento. También implica paciencia y observación para esperar ese instante en que el sujeto y el entorno dialogan, en que la imagen trasciende la belleza y se convierte en una experiencia para quien la ve.

Entender qué es la fotografía implica saber que cada imagen lleva una intención, un mensaje, una voz. Cuando esa intención está clara, la composición deja de ser una simple técnica para convertirse en un vehículo de conexión y significado.

Vivimos en un mundo donde está primando lo estético, lo rápido, lo superficial. Todo se vuelve contenido inmediato. Scroll infinito. Reacciones fáciles. Pero yo soy de los que prefiere andar despacio, sin prisa. Donde el camino hace parte del viaje. Buscando siempre más tiempo de valor: tiempo para detenernos, para observar con atención, para contar historias, para la narrativa y la profundidad. Porque lo que permanece no siempre es lo más impactante, sino lo más verdadero. Eso es lo que le enseñamos a nuestros guardianes de las aves que se están formando como fotógrafos.

Hace poco, con mi amigo Martín y con Niky, fuimos a Anaime, Tolima, a buscar al loro orejiamarillo. Una especie amenazada porque le han destruido su hábitat: las palmas de cera. Esas mismas que son nuestro árbol nacional y que también están desapareciendo. En el camino, le íbamos contando a Martín la historia del loro y cómo su hogar está en riesgo. Porque mirar a un ave también es contarle a alguien lo que estamos perdiendo.

Estuvimos en un lugar donde se posaban decenas de loros. Era el paraíso para cualquier fotógrafo. Todos buscábamos la mejor foto. Pero Martín, al mostrarme su imagen, me dijo:

“En esta foto quise mostrar cómo las palmas de cera y los loros están desapareciendo.”

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Ahí entendí. Eso es una gran fotografía. Una imagen que no solo muestra, sino que dice. Que habla de un problema, que toca una fibra. Que no se queda en la belleza del sujeto, sino que propone una mirada.

Yo mismo he estado en conflicto con mi fotografía de aves. Vengo de una mirada más reporteril. Me gustaba salir a la calle y buscar instantes que contaran historias cotidianas. Esa primera etapa aún vive en los comienzos de mi perfil de Instagram. Luego llegaron las aves. Y me deslumbraron. Como a todos, su rareza, sus colores, su belleza me atraparon.

He tomado miles de fotos. He buscado la esencia. Pero muchas veces, después de subirlas, las bajo. Porque me doy cuenta de que, más allá de lo bonito, no me dicen nada. No hay un relato. No hay una emoción. Y eso me inquieta.

Realmente no soy el mejor fotógrafo de aves. Cada que salgo a fotografiarlas, busco mi esencia. Ese es el gran reto. Sigo en la búsqueda. Porque más allá del ave, busco lo que hay detrás: la historia, la emoción, la verdad que muchas veces no se ve, pero se siente.

Últimamente, me siento peleado con mi fotografía de aves. Como si me faltara algo. Tal vez por eso he volteado la mirada hacia lo diminuto. Como quien hace una pausa. Como quien necesita reaprender a ver.

Cada vez quedan menos fotos de aves en mi perfil.

Seguiré en la búsqueda de cuáles son las historias que quisiera contar con mi lente.

A veces me pregunto cuándo fue que empecé a amar la fotografía. Y siempre vuelvo a esos días en la universidad, cuando recibí mis primeras clases, cuando entrábamos al cuarto oscuro a revelar. Eran momentos mágicos. Había algo ritual, casi místico, en ver cómo, después del proceso químico, comenzaban a emerger las imágenes. Era como si las historias salieran de la nada, como si lo invisible cobrara forma.

Tuve grandes maestros. Uno de ellos fue Rodrigo Grajales, quien alguna vez nos dijo:

“Si la fotografía que hago no le sirve a la comunidad, tampoco me puede servir a mí.”

Foto: mauroossa

Esa frase me marcó. Con él entendí que la cámara no es solo una herramienta para capturar el mundo, sino para transformarlo. Que la imagen, por muy personal que sea, cobra sentido cuando se convierte en un aporte colectivo.

También quiero rendir homenaje a otro gran maestro en mi camino: Luis Carlos Ayala. Fotógrafo que ha dedicado su vida a documentar las realidades más crudas y auténticas de Colombia, especialmente en las calles de Bogotá. Su trabajo no busca generar lástima, sino provocar reflexión. Como él mismo ha dicho:

“Lograr mostrar algo tan visceral y que la gente no sienta compasión ni pesar, sino solidaridad y que logre entender esas decisiones de vida.”

Foto: mauroossa

Luis Carlos ha retratado la protesta social, los barrios invisibles, las injusticias que muchos prefieren no ver. Pero lo hace desde la empatía, desde la humanidad, sin explotar el dolor, sino tratando de comprenderlo. Su mirada es valiente, honesta y profundamente humana.

Ellos me enseñaron que una fotografía no es solo lo que se ve. Es lo que se quiere decir.

Es la intención detrás del obturador. Es la historia antes y después del clic.

Hoy, en medio de la avalancha de imágenes, quiero seguir buscando las que de verdad significan algo. Las que provocan, las que cuentan, las que resisten.

Porque, al final, eso es realmente una fotografía:

Una forma de mirar el mundo, y de invitar a otros a mirarlo también.

Fotos de aves hermosas hay millones. ¿Cuántas cuentan una historia? ¿Cuántas invitan a la reflexión? ¿Cuántas transforman un territorio? ¿Cuántas le suman a la conservación? ¿Y cuántas son solo retratos?

Fuente: Mauricio Ossa Aristizábal