Nunca habíamos tenido tanta información sobre las aves y los lugares donde encontrarlas. Merlin reconoce cantos, eBird reúne millones de observaciones, iNaturalist conecta comunidades, internet nos permite recorrer reservas sin haberlas visitado y la inteligencia artificial responde preguntas en segundos. Son herramientas extraordinarias. Pero hay una pregunta que vale la pena hacernos: ¿tener acceso a toda esa información significa realmente conocer?
Por Niky Carrera Levy & Mauricio Ossa
Hace poco estuvimos en un festival de aves y, en medio de una conversación, alguien hizo un comentario negativo sobre un lugar de aviturismo en Colombia. Niky le hizo una pregunta sencilla: —¿Conoces ese lugar? —No, no lo conozco. Es que alguien me contó eso. La respuesta nos sorprendió, pero unos minutos después la misma persona dijo algo todavía más desconcertante: —Es que yo conozco todos los lugares de aviturismo de Colombia por internet.
Nos miramos. Plop.
La anécdota nos causó gracia, pero después nos dejó pensando, porque probablemente dice mucho más de nuestra época de lo que parece. Hoy podemos saber muchísimo sobre un lugar sin haber puesto jamás un pie allí: recorrer sus fotografías, mirar videos, leer reseñas, revisar en eBird qué especies se han registrado, consultar mapas, escuchar los cantos de sus aves e incluso preguntarle a una inteligencia artificial y obtener en segundos un resumen aparentemente completo.
Pero hay una diferencia enorme entre tener información sobre un lugar y conocerlo. Y quizás algo parecido está comenzando a suceder con las aves.

Un pajarero dentro del teléfono
La escena se ha vuelto habitual. Estamos en el bosque y comienza a cantar un ave que no reconocemos. Alguien saca inmediatamente el teléfono, abre Merlin, activa Sound ID y espera. Unos segundos después aparece un nombre.
La herramienta es extraordinaria. Merlin Bird ID, desarrollada por el Cornell Lab of Ornithology, utiliza fotografías, sonidos, ubicación y otros datos para ayudar a identificar aves. Su sistema de reconocimiento de sonidos se apoya en el enorme acervo de grabaciones construido alrededor de eBird y la Macaulay Library.
Un reciente artículo de Bloomberg pone precisamente el foco sobre el crecimiento de estas herramientas y la manera como están transformando el pajareo. Según el artículo, Merlin sumó 9,6 millones de nuevos usuarios durante 2025, casi siete veces la cantidad de nuevos usuarios que había incorporado en 2020. eBird ofrece otra dimensión del fenómeno: necesitó 21 años para alcanzar sus primeros mil millones de observaciones y apenas tres años más para sumar los siguientes mil millones.
Son cifras impresionantes, pero detrás de ellas está ocurriendo algo todavía más importante: millones de personas tienen hoy una puerta de entrada al mundo de las aves que antes no existía. Alguien que ayer simplemente escuchaba “un pájaro” detrás de su casa puede descubrir hoy que allí canta un copetón, una mirla, un cucarachero o una tángara. Y ponerle nombre a aquello que nos rodea puede ser el comienzo de una relación completamente diferente con la naturaleza.
El problema no es Merlin
Sería absurdo convertir esta conversación en una batalla contra la tecnología. Nosotros mismos utilizamos estas herramientas. eBird transformó la manera como registramos nuestras observaciones; Merlin puede ser extraordinario para estudiar vocalizaciones; la Macaulay Library puso a nuestro alcance sonidos e imágenes que hace algunas décadas habría sido impensable consultar desde un teléfono.
El problema aparece cuando dejamos de utilizar una herramienta para aprender y comenzamos a utilizarla para reemplazar el aprendizaje. El propio Cornell Lab advierte que las identificaciones de Sound ID son sugerencias y recomienda verificarlas considerando otros elementos, como distribución, fecha, hábitat, comportamiento y comparación con grabaciones. Merlin puede equivocarse.
Pero supongamos que Merlin acertó. El teléfono escucha un canto y en la pantalla aparece el nombre correcto de la especie. ¿Eso significa que nosotros aprendimos a reconocerla? No necesariamente.

Antes del nombre estaba la pregunta
Quienes llevamos años pajareando recordamos otra manera de enfrentarnos a un canto desconocido: escuchar, volver a escuchar, intentar localizar de dónde venía, preguntarnos qué podía ser, buscar al ave, mirar cómo se movía, revisar la guía, preguntarle a alguien que sabía más, equivocarnos y volver a intentarlo.
No estamos diciendo que aquella manera fuera mejor simplemente porque fuera más difícil. La nostalgia tampoco debería convertirse en un método de aprendizaje. Lo valioso estaba en otra parte: antes de encontrar la respuesta teníamos que hacernos preguntas.
¿Qué tamaño tiene? ¿Está en el suelo, en el sotobosque o en el dosel? ¿Mueve la cola? ¿El canto tiene dos notas o tres? ¿Se repite? ¿Está solo? ¿Qué tipo de bosque tenemos alrededor? ¿Cuál de las especies que estamos considerando realmente podría encontrarse aquí?
Todas esas preguntas obligan a observar. Y observar es una parte fundamental de aprender a pajarear. El nombre llegaba al final de un proceso. Con las nuevas herramientas existe el riesgo de que llegue al principio.
Tener información no es conocer
Y aquí volvemos a aquella conversación del festival. Decir que conocemos todos los lugares de aviturismo de Colombia porque los hemos visto por internet es llevar al extremo algo que, en menor medida, probablemente nos está ocurriendo a todos: confundir acceso a la información con conocimiento.
Podemos entrar a eBird y saber que en una reserva se han registrado cientos de especies. Podemos mirar veinte fotografías de su bosque, recorrerla en un mapa, leer comentarios y ver videos. Incluso podemos saber cuáles aves otros pajareros encontraron allí la semana pasada. Todo eso nos permite llegar mucho mejor informados, pero todavía no conocemos el lugar.
Porque conocer un destino de aviturismo es también llegar antes del amanecer, hablar con la persona que abre la puerta, caminar el sendero después de una noche de lluvia, descubrir dónde entra la primera luz, escuchar al guía que lleva años recorriendo esa montaña y entender que un mismo sitio puede ofrecer experiencias completamente diferentes según la época, el clima, el estado de los caminos e incluso la suerte.
Por eso también deberíamos ser cuidadosos cuando repetimos comentarios sobre sitios que nunca hemos visitado. Una experiencia contada por otra persona puede ser información útil, pero sigue siendo la experiencia de otra persona. Internet puede ayudarnos a saber mucho sobre un lugar. La experiencia es la que nos permite decir que lo conocemos.
Con las aves sucede exactamente lo mismo. Podemos tener descargada la lista completa de especies de un destino antes de llegar. Merlin puede indicarnos qué está cantando y eBird decirnos dónde ha sido registrado. Pero saber que un ave debería estar allí no es lo mismo que encontrarla; y que una aplicación nos muestre su nombre no significa necesariamente que hayamos aprendido a reconocerla.
La inteligencia artificial también entra al bosque
Ahora hay un nuevo actor en esta conversación: la inteligencia artificial. Podemos preguntarle qué aves podríamos encontrar en una región, pedirle que compare especies, que nos explique un comportamiento, que organice información sobre un destino o que nos ayude a preparar una ruta de pajareo.
Nosotros mismos la utilizamos. Y sabemos también que puede equivocarse. Puede interpretar incorrectamente una fuente, mezclar información, perder un contexto o incluso responder con enorme seguridad algo que no es correcto. Por eso, como ocurre con Merlin, el valor no está solamente en lo poderosa que sea la herramienta sino en el criterio de quien la utiliza.
La pregunta, nuevamente, es sencilla: ¿la estamos utilizando para aprender o para evitar el proceso de aprender?
Merlin puede sugerir una especie. eBird puede mostrarnos registros. Google puede ayudarnos a encontrar un lugar. Las redes sociales pueden mostrarnos experiencias. La inteligencia artificial puede organizar y relacionar enormes cantidades de información. Todo eso puede hacernos mejores pajareros, mejores viajeros y personas mucho mejor informadas.
Pero ninguna de esas herramientas estuvo realmente en el bosque por nosotros.
La paradoja de Merlin
Hay algo especialmente bonito en toda esta historia. Merlin puede reconocer aves porque antes hubo miles de personas que salieron al campo, las observaron, aprendieron a identificarlas, fotografiaron sus plumajes, grabaron sus cantos y compartieron esa información. Esos registros alimentaron enormes colecciones como la Macaulay Library y contribuyeron al desarrollo de las herramientas que hoy utilizamos.
Es decir: la tecnología que hoy nos ayuda a reconocer las aves aprendió, en buena medida, de pajareros que tuvieron que aprender a reconocerlas.
Y el círculo puede continuar. Una persona que comienza utilizando Merlin puede interesarse por un ave, aprender su canto, comenzar a grabarla y subir correctamente ese registro a eBird. Esa grabación puede terminar en la Macaulay Library y convertirse en información útil para investigadores, otros observadores e incluso para mejorar las herramientas de identificación del futuro.
Por eso la discusión no debería ser tecnología sí o tecnología no. La verdadera conversación está en cómo la utilizamos.
Primero escuchar
Tal vez podamos hacer un pequeño experimento en nuestra próxima pajareada. Cuando escuchemos un canto desconocido, esperemos unos segundos antes de sacar el teléfono. Escuchemos. Intentemos descubrir de dónde viene. Busquemos al ave. Preguntémonos qué podría ser. Prestemos atención al ritmo del canto, al hábitat y a su comportamiento.
Después sí: abramos Merlin.
Ahora la aplicación ya no está pajareando por nosotros. Está ayudándonos a contrastar una hipótesis, comparar un sonido y aprender algo que probablemente recordaremos mejor la próxima vez.
Y podríamos aplicar exactamente el mismo principio cuando hablamos de un destino. Investiguemos, revisemos eBird, miremos fotografías, preguntemos a otros pajareros y aprovechemos toda la información disponible. Pero conservemos también la humildad de decir: “No lo conozco, pero he leído sobre él”.
Parece una diferencia pequeña. No lo es.

Levantar la mirada
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para acercarnos a las aves. Podemos llevar en el bolsillo una biblioteca con miles de cantos, millones de registros de eBird, mapas, fotografías, redes sociales, cámaras extraordinarias y ahora también inteligencia artificial. Sería absurdo renunciar a todo eso. La tecnología está acercando nuevas personas al pajareo y puede ayudarnos a aprender más rápido y a compartir información que también sirve para conocer y conservar las aves.
El desafío quizá sea mucho más sencillo: no confundir la respuesta con el aprendizaje, la información con el conocimiento ni una pantalla con la experiencia.
Porque cuando un ave canta en algún lugar del bosque, todavía queda algo que ninguna aplicación puede hacer por nosotros: detenernos, escuchar, buscar entre las ramas y experimentar ese instante maravilloso en que finalmente la encontramos.
Merlin puede ayudarnos a saber cómo se llama.
Pero conocerla es otra cosa.
Fuente principal: Bloomberg — How Smartphone Apps Like Merlin, eBird and iNaturalist Are Changing Birdwatching