En el páramo El Almorzadero, en Santander, una joven cóndor llamada Lulú acaba de protagonizar uno de esos momentos que parecen sencillos, pero que cuentan una historia mucho más grande: sus primeros vuelos en libertad.
Hace algunos meses, investigadores y conservacionistas encontraron en las montañas de Santander algo extraordinario: una pareja de cóndores de los Andes acompañada por su cría.
Era una pequeña hembra. La llamaron Lulú.
Desde entonces siguieron su crecimiento, observaron el cuidado de sus padres y esperaron pacientemente uno de los momentos más importantes en la vida de cualquier ave.
Hasta que ocurrió.
Lulú abrió sus enormes alas y comenzó a volar.
La Fundación Parque Jaime Duque compartió recientemente las imágenes de sus primeros vuelos en el páramo El Almorzadero. El seguimiento se realiza desde la Reserva Natural La Piedra del Cóndor, donde desde hace años se desarrolla un trabajo para proteger al cóndor andino y su hábitat.
Mucho más que el primer vuelo de un ave
Ver volar a Lulú emociona. Pero detrás de esas imágenes hay algo todavía más importante.
Lulú nació y está creciendo en libertad.
Sus padres encontraron las condiciones necesarias para reproducirse, criarla y acompañarla durante sus primeras etapas de vida. Su historia ocurre en uno de los territorios que hoy concentra una población importante de cóndores silvestres en Colombia: el páramo El Almorzadero, entre Santander y Norte de Santander.
Por eso, proteger un cóndor no significa solamente proteger al ave.
Significa conservar las montañas donde encuentra alimento, los lugares donde puede anidar, los páramos sobre los que vuela y la relación que construye con las comunidades que comparten su territorio.
La propia Fundación lo resume con una idea sencilla:
Proteger los lugares donde nacen y crecen los cóndores es también proteger su futuro.
El Programa de Conservación del Cóndor de los Andes de la Fundación Parque Jaime Duque comenzó en 2012 y combina monitoreo de poblaciones silvestres, protección del hábitat, trabajo con comunidades, educación ambiental y reproducción de cóndores bajo cuidado profesional con posibilidades futuras de liberación.
Uno de sus principales territorios de trabajo es precisamente El Almorzadero.
Los datos divulgados actualmente por el programa muestran una señal alentadora: en 2022 registraban 21 individuos en este territorio y en 2026 reportan más de 40. Además, aproximadamente 156.000 hectáreas de páramo se encuentran bajo monitoreo dentro del programa.
Eso no significa que el cóndor haya dejado de estar amenazado.
En Colombia, la especie continúa catalogada como En Peligro Crítico, mientras que globalmente la UICN la considera Vulnerable. Entre las amenazas señaladas por el programa están la pérdida de hábitat, la reducción de fuentes de alimento y los conflictos con comunidades rurales.
Por eso cada nueva cría que consigue crecer en libertad importa.
Y cada territorio capaz de mantener una población reproductiva también.
Cóndores que nacen libres y cóndores que se preparan para volver a serlo
La historia de Lulú tiene además un interesante contrapunto.
Mientras ella aprende a volar siguiendo a sus padres sobre las montañas de Santander, otros jóvenes cóndores se preparan bajo cuidado humano para que algún día puedan hacer algo parecido.
Uno de ellos es Rafiki.
Rafiki nació en 2024 en la Fundación Parque Jaime Duque después de años de trabajo con una pareja de cóndores llegada desde Chile en 2015. Fue el primer nacimiento exitoso del programa y actualmente continúa un proceso de acondicionamiento pensado para una futura liberación.
Después llegaron Wayra y Ámbar, dos hembras nacidas en 2025 mediante incubación artificial. Los jóvenes cóndores son manejados con interacción humana limitada precisamente porque el objetivo es aumentar sus posibilidades de vivir algún día en estado silvestre.
Son dos caminos distintos hacia un mismo propósito.
Lulú representa la posibilidad de que los cóndores continúen reproduciéndose naturalmente en nuestras montañas. Rafiki, Wayra y Ámbar representan el esfuerzo por recuperar una población que durante décadas ha disminuido en Colombia.
También se conserva trabajando con la gente
Hay otra parte de esta historia que muchas veces queda fuera de las fotografías.
Los cóndores no viven en territorios vacíos.
En las montañas de El Almorzadero también viven familias campesinas, y conseguir que personas y cóndores puedan compartir el mismo paisaje es una pieza fundamental de su conservación.
El programa trabaja con comunidades de alta montaña, incluyendo campesinos agrupados en ACAMCO —Asociación de Campesinos Coexistiendo con el Cóndor—, además de guías y otros actores locales. El propósito es reducir amenazas y fortalecer una convivencia que permita que el cóndor siga formando parte del paisaje.
También se trabaja en restauración del páramo. Entre 2022 y 2026 el programa reporta más de 2.820 plantas nativas sembradas, muchas de ellas con participación de las comunidades locales.
Conservar al cóndor, entonces, termina siendo también conservar el territorio.
Vuela, Lulú
Hay algo poderoso en observar los primeros vuelos de un ave que puede llegar a pasar buena parte de su vida recorriendo los cielos de los Andes.
Hoy Lulú apenas está comenzando.
Primero estuvo protegida por sus padres. Después aparecieron los primeros movimientos de alas. Ahora empieza a descubrir las corrientes de aire que algún día podrán llevarla a recorrer enormes distancias sobre las montañas.
No sabemos cuántas veces veremos a Lulú durante los próximos años.
Pero saber que nació allí, que sus padres lograron criarla y que hoy comienza a volar libre es una buena noticia para una especie que todavía enfrenta un futuro difícil en Colombia.
Quizás por eso sus primeros vuelos significan tanto.
Porque cuando Lulú abre sus alas no vuela solamente una joven cóndor. También vuela la posibilidad de que las nuevas generaciones de colombianos sigan levantando la mirada y encontrando cóndores sobre los Andes.