Una pluma de hace 66 millones de años da nuevas pistas sobre la supervivencia de las aves

Estados Unidos · Montana  ·  10 septiembre 2026  ·  Ciencia / Evolución

Una diminuta pluma preservada dentro de un coprolito —excremento fosilizado— de un dinosaurio carnívoro está aportando nuevas pistas sobre uno de los grandes enigmas de la evolución: por qué algunos linajes de aves sobrevivieron a la extinción masiva de hace 66 millones de años mientras muchos otros desaparecieron.

El fósil fue encontrado en la formación Hell Creek, en Montana, y posteriormente estudiado mediante tomografía computarizada. En su interior, los investigadores identificaron varias plumas, fragmentos de huesos de un ave acuática y pequeñas escamas de pez, una combinación que incluso permite reconstruir parte de una cadena alimentaria del final del Cretácico.

Las plumas pertenecieron probablemente a un hesperornitiforme, un grupo de aves acuáticas que vivió junto a los dinosaurios pero que no sobrevivió a la gran extinción. Algunas de sus plumas presentaban características similares a las de las aves modernas, mientras otras conservaban una estructura más primitiva.

Esta diferencia llevó al equipo a plantear que la capacidad de aislamiento térmico del plumaje pudo ser uno de varios factores que ayudaron a determinados linajes de aves a soportar el fuerte enfriamiento global que siguió al impacto del asteroide. Otros investigadores advierten que todavía se necesita más evidencia para establecer hasta qué punto el plumaje influyó realmente en esa supervivencia.

¿Por qué importa?

Todas las aves que conocemos hoy descienden del grupo que logró atravesar aquella extinción masiva. Entender qué características les permitieron sobrevivir ayuda a reconstruir cómo surgió el extraordinario mundo de las aves actuales.

El hallazgo también abre una posibilidad inesperada para la paleontología: los coprolitos podrían conservar plumas, pelo y otros tejidos blandos que hasta ahora rara vez aparecen en el registro fósil.

A veces, una pequeña pluma puede guardar una historia de 66 millones de años.

Fuente: Current Biology  ·  Leer publicación original →