Macondo también canta: las aves colombianas que le dieron voz a Cien años de soledad

Colombia  ·  18 octubre 2026  ·  Historias

Los sonidos de cerca de 95 especies de aves del Caribe colombiano formaron parte de la construcción del universo sonoro de Cien años de soledad. Detrás de este trabajo hay una historia que une ornitología, literatura, memoria y conservación.

¿Cómo suena un lugar que solamente existe en la literatura?

Macondo, el pueblo imaginado por Gabriel García Márquez, tiene calles, casas, personajes y paisajes que han acompañado a generaciones de lectores. Pero llevar ese universo a la pantalla planteaba un desafío particular: encontrar los sonidos capaces de darle vida.

Porque Macondo no solamente debía verse como un pueblo del Caribe colombiano. También tenía que sonar como uno.

Para conseguirlo, la producción de Cien años de soledad, la adaptación de Netflix de la novela del nobel colombiano, recurrió al conocimiento de la naturaleza y, especialmente, al canto de las aves.

El biólogo y observador de aves Diego Calderón Franco, junto con el sonidista Sebastián Martínez, recorrió diferentes ecosistemas del Caribe colombiano para construir una biblioteca de sonidos que permitiera recrear el paisaje natural de la historia.

Durante varios días registraron vocalizaciones de cerca de 95 especies de aves, además de sonidos de mamíferos, anfibios, insectos y ambientes naturales.

El resultado fue mucho más que una colección de grabaciones: una forma de conectar la ficción con la biodiversidad real de Colombia.

Cuando las aves se convierten en personajes

En una producción audiovisual, los sonidos de la naturaleza pueden pasar inadvertidos. Sin embargo, tienen la capacidad de transmitir emociones, construir atmósferas e incluso acompañar la personalidad de un personaje.

En Macondo, algunas aves adquirieron precisamente ese papel.

Los gulungos o mochileros (Psarocolius decumanus), conocidos por sus vocalizaciones de características casi electrónicas, fueron asociados con Melquíades, el misterioso personaje que llega al pueblo llevando inventos y conocimientos desconocidos.

El bichofué (Pitangus sulphuratus), tan familiar en los paisajes rurales y urbanos de Colombia, contribuyó a construir la cotidianidad de las casas y los espacios habitados

Para Rebeca, el personaje que come tierra en momentos de angustia, se propuso una relación sonora con el cargabarro (Furnarius longirostris), un ave que construye sus nidos utilizando barro.

También aparece el sinfín (Tapera naevia), cuyo canto repetitivo forma parte de la memoria sonora de numerosos paisajes del Caribe.

Así, las aves dejaron de ser únicamente elementos del ambiente para convertirse en parte del lenguaje narrativo de la serie.

El desafío de encontrar el verdadero sonido del Caribe

Aunque Macondo es un lugar ficticio, su inspiración está profundamente ligada a los paisajes, las historias y la cultura del Caribe colombiano.

Por eso, utilizar grabaciones genéricas de aves habría significado perder una parte importante de su identidad.

El equipo recorrió ambientes que incluían bosques secos, zonas rurales, bosques conservados y humedales cercanos a la Sierra Nevada de Santa Marta.

Cada ecosistema tiene su propia identidad acústica.

Las aves que escuchamos en un bosque no son necesariamente las mismas que encontramos cerca de una vivienda, en una ciénaga o en una zona de montaña.

Y tampoco cantan todas a la misma hora.

Conocer esas diferencias permitió construir una biblioteca sonora con información sobre las especies, sus hábitats y sus comportamientos.

El trabajo combinó conocimientos científicos con decisiones creativas propias de una obra de ficción.

Los sonidos también guardan memoria

Hay algo profundamente especial en los cantos de las aves: su capacidad para despertar recuerdos.

El sonido de un bichofué puede transportarnos a un patio familiar. El canto de un sinfín puede recordarnos una tarde en el campo. La algarabía de los loros puede devolvernos a las plazas y los árboles de un pueblo.

Muchas veces reconocemos esos sonidos incluso antes de identificar a las especies que los producen.

Son parte de nuestra memoria.

Por eso, cuando una producción audiovisual utiliza las voces auténticas de un territorio, no solamente construye una ambientación más convincente. También establece una conexión emocional con quienes conocen esos paisajes.

En ese sentido, los cantos de las aves pueden ser tan importantes para la identidad de un lugar como su arquitectura, su gastronomía o sus tradiciones.

El silencio que estamos perdiendo

La expedición sonora también dejó una reflexión sobre la relación entre las personas y la naturaleza.

Encontrar grabaciones libres de motores, maquinaria y otros sonidos modernos resultó difícil, incluso en lugares aparentemente apartados.

Y durante la búsqueda de sonidos de aves en cautiverio, el equipo encontró decenas de individuos silvestres mantenidos en jaulas para su comercialización.

La experiencia recordó una realidad que todavía afecta a numerosas especies: la captura y el comercio ilegal de aves silvestres.

Existe una contradicción dolorosa en admirar el canto de un ave mientras se le priva de su libertad.

La riqueza sonora de nuestros territorios depende de la existencia de ecosistemas saludables y de poblaciones de aves que puedan desarrollar sus comportamientos naturales.

Proteger las aves también significa conservar sus voces.

Escuchar también es una forma de observar

La observación de aves suele asociarse con los binoculares, las cámaras y las fotografías.

Pero hay otra dimensión igualmente fascinante: aprender a escuchar.

Para muchos observadores, el canto es la primera señal de que un ave está presente. En ocasiones, es incluso la única manera de detectarla.

Cada vocalización puede revelar información sobre una especie, su comportamiento o el ambiente que habita.

Escuchar exige atención, paciencia y sensibilidad.

Y es precisamente esa capacidad la que permitió que los sonidos de las aves colombianas encontraran un lugar dentro de una de las historias más importantes de nuestra literatura.

Macondo también es un territorio de aves

La historia de los sonidos de Cien años de soledad nos invita a mirar la biodiversidad desde una perspectiva diferente.

Las aves no solamente enriquecen nuestros ecosistemas. También forman parte de nuestras historias, recuerdos, expresiones culturales y maneras de comprender el mundo.

Sus cantos acompañan la vida cotidiana de millones de personas, aunque muchas veces pasen inadvertidos.

Quizás por eso resulte tan significativo que un universo literario como Macondo haya encontrado parte de su identidad en las voces reales de la naturaleza colombiana.

Porque antes de convertirse en una banda sonora, esos cantos ya existían en los bosques, los patios, las ciénagas y los pueblos de nuestro país.

Macondo también canta. Y muchas de sus voces tienen alas.

Fuente: Mongabay - El País - Diners - El Colombiano  ·  Leer publicación original →