Juan Sebastián Ávila tiene 14 años y una idea: que nadie quede por fuera de la experiencia de conectarse con las aves. Para lograrlo está convirtiendo sus cantos en vibraciones y demostrando hasta dónde pueden llegar la curiosidad, la empatía y las ganas de aprender.
Por Birds Colombia
Hay historias que comienzan con una gran idea. Otras comienzan simplemente mirando un ave.
La de Juan Sebastián Ávila Pérez comenzó hace varios años entre binoculares, caminatas, preguntas y pájaros. Tiene 14 años, vive en Neiva y muchos lo conocen como Juan Pajarero.
Las aves llegaron temprano a su vida y poco a poco dejaron de ser solamente aquello que salía a observar. Se convirtieron en una forma de relacionarse con su territorio y, sobre todo, en algo que quería compartir con los demás. Durante estos años Juan ha participado en actividades de educación ambiental, talleres, jornadas de siembra y acciones para acercar a otras personas a las aves y a la biodiversidad.

Pero en algún momento ocurrió algo diferente. Juan se dio cuenta de que no todas las personas podían vivir la experiencia de observar aves de la misma manera.
Y apareció una pregunta:
¿Cómo puede una persona sorda experimentar el canto de un ave?
Para quienes pajareamos, el sonido forma parte fundamental de la experiencia. Muchas veces escuchamos un ave antes de verla. Una vocalización nos hace detenernos en medio de un sendero, un canto nos ayuda a identificar una especie y algunos lugares terminan viviendo para siempre en nuestra memoria asociados a determinados sonidos.
Pero ¿qué pasa cuando una persona no puede escucharlos?
Juan vio allí una barrera y decidió no aceptarla simplemente como algo inevitable.
De esa pregunta nació Alas de Inclusión —Wings of Inclusion—, un proyecto que busca transformar las características del canto de las aves en patrones de vibración que puedan sentirse físicamente. La idea es tan sencilla de explicar como compleja de desarrollar: captar los sonidos y traducirlos en vibraciones para que una persona sorda pueda experimentar, a través del tacto, diferencias entre las vocalizaciones de las aves.
Pero quizá lo más fascinante no sea solamente el dispositivo. Es la manera como Juan decidió construirlo.

Primero estuvo la idea. Después hubo que aprender
Juan no era experto en electrónica ni dominaba la programación necesaria para construir lo que estaba imaginando. Tampoco tenía detrás un laboratorio lleno de ingenieros desarrollando su idea. Había adquirido algunos conocimientos básicos en dos clubes de robótica y con eso comenzó.
Investigó, buscó información, hizo pruebas, se equivocó y volvió a intentarlo. Fue aprendiendo programación y resolviendo preguntas a medida que aparecían nuevos problemas. Lorena, su mamá, lo resume con humor diciendo que Juan fortaleció buena parte de esos conocimientos gracias al “señor Google”.

Más adelante encontraron en el SENA a un profesor dispuesto a acompañarlo. No para construir el proyecto por él, sino para orientarlo, compartir conocimientos y ayudarlo a comprender aquello que todavía no sabía resolver.
Esa diferencia es importante: la pregunta siguió siendo de Juan, al igual que la curiosidad y las ganas de encontrar una respuesta.
De esa combinación entre imaginación, aprendizaje autónomo, acompañamiento, ensayo y error comenzó a tomar forma el prototipo. Y su historia nos recuerda algo que a veces olvidamos cuando hablamos de innovación:
no siempre se comienza sabiendo; muchas veces se comienza queriendo saber.

Cuando todas las alas cuentan
En una de las presentaciones de Alas de Inclusión, Juan escribió una frase que resume buena parte del espíritu del proyecto:
“When all wings are valued, no one is left behind.”
Cuando todas las alas son valoradas, nadie queda atrás.
Porque su preocupación nunca fue solamente transformar una frecuencia sonora en una vibración. Detrás de la tecnología había una pregunta mucho más humana:
¿Quién está quedando por fuera?
Juan comenzó queriendo hacer más accesible el canto de las aves y terminó abriendo una conversación mucho mayor sobre diversidad, pertenencia e inclusión.
Otra de las frases de su presentación dice: “Together we can create new wings” —Juntos podemos crear nuevas alas—.
Quizás eso sea precisamente incluir. No conseguir que todas las personas experimenten la naturaleza exactamente de la misma manera, sino crear posibilidades para que todas puedan formar parte de ella.
Nuevas maneras de escuchar. Nuevas maneras de sentir. Nuevas alas.
El premio llegó después
En 2026, Action For Nature reconoció a Juan Sebastián con el tercer lugar del International Young Eco-Hero Award, en la categoría de 8 a 14 años, por su proyecto Wings of Inclusion.
Es un reconocimiento enorme y un motivo de orgullo para él, para su familia y para Colombia. Pero si comenzáramos esta historia hablando del premio probablemente nos perderíamos lo más importante.
Juan no empezó haciendo todo esto para convertirse en Eco-Hero. Comenzó observando aves, después quiso compartirlas, descubrió que alguien podía estar quedando por fuera y decidió hacer algo al respecto.
El premio es la consecuencia. La verdadera historia está en todo lo que ocurrió antes.
Y también en lo que ocurrirá después, porque Alas de Inclusión continúa siendo un proceso. Vendrán nuevas pruebas, errores, versiones y aprendizajes. Las propias personas sordas que participen serán fundamentales para decir qué funciona y qué necesita cambiar.
Eso también es innovar: escuchar, aprender, corregir y volver a intentar.
Pero para conocer verdaderamente a Juan Sebastián hay que dejar por un momento el prototipo, las presentaciones y el premio.
Porque quienes lo conocemos más de cerca hablamos de otra persona.
Hablamos de Juanes.

Cuando un Guardián llega para ser luz
Por Niky Carrera Levy
Directora de Guardián de las Aves
Hasta aquí hemos hablado de Juan Sebastián Ávila Pérez: del joven, del pajarero, del creador de Alas de Inclusión, del niño que se hizo una pregunta que muchos adultos nunca nos habíamos hecho y decidió buscar una respuesta.
Pero yo quiero hablarles de Juanes, porque así le digo yo, desde el cariño, y porque detrás de esta historia hay algo que ningún premio, ningún reconocimiento internacional y ningún proyecto tecnológico alcanza a contar por completo: la persona que es.
Juanes llegó al Comité Educativo de Guardián de las Aves con una energía difícil de explicar: con entusiasmo, ideas, sueños y una confianza enorme en que las cosas podían suceder.
Pocas veces en mi vida había conocido a una persona con una autoestima tan fuerte, con tanta credibilidad en la humanidad y con una manera tan positiva de abordar la vida. Juanes cree en las personas, en los sueños, en las posibilidades y, quizás lo más hermoso, cree incluso cuando los demás todavía estamos dudando.

El muchacho que quiere buscar un ave extinta
Recuerdo una de las primeras veces que llegó al Comité Educativo hablando con absoluta convicción sobre la posibilidad de unirnos para buscar al Podiceps andinus, el zambullidor colombiano, la única especie de ave declarada extinta en Colombia y vista por última vez en 1977. Es una especie que hoy está presente en nuestro mensaje, nuestra memoria y los símbolos que acompañan a Birds Colombia y Guardián de las Aves.
Para nosotros el Podiceps andinus es mucho más que un ave que desapareció. Es un recordatorio, una historia que como sociedad no podemos volver a repetir.
Pero Juanes tiene una manera diferente de mirar incluso aquello que parece imposible. Creo que todavía guarda en su corazón la esperanza de volver a encontrarlo.
Tal vez algunos dirán que es demasiado soñador. Yo creo que necesitamos más personas así.
Porque hay sueños que parecen imposibles hasta que alguien decide creer en ellos lo suficiente como para comenzar a buscarlos.
Juanes llegó al Comité Educativo para ser luz, y lo digo literalmente. Él brilla con luz propia: su humor, su alegría, su manera de reír, su entusiasmo y esa capacidad de contagiar esperanza.
Estar cerca de Juanes es recordar que la vida también puede mirarse desde un lugar más luminoso. Y esa luz no viene solamente de su alegría; viene de su corazón, de su liderazgo positivo, de su manera de pensar en los demás y de su capacidad para intentar abrir caminos sin esperar siempre a que alguien se los abra primero.

Cuando no sabe algo, aprende
Juanes es autodidacta, soñador y curioso. Es de esas personas que, cuando no saben algo, no se quedan pensando únicamente en todo lo que les falta: empiezan a aprender.
Quizás por eso su historia representa algo que repetimos constantemente en Guardián de las Aves: las acciones siempre terminan hablando más fuerte que las palabras.
Alas de Inclusión es una muestra de ello.
Porque detrás de la tecnología hay algo mucho más profundo. Hay empatía, inclusión e igualdad. Hay una persona que observó que alguien podía estar quedando por fuera de una experiencia y decidió hacer algo.
Juanes no se limitó a pensar qué triste era que una persona sorda no pudiera experimentar el canto de un ave de la misma manera. Se hizo una pregunta mucho más importante:
¿Qué puedo hacer?
Y comenzó.
Tal vez sin saber exactamente cómo y sin tener todas las respuestas, pero comenzó. Y ese gesto también nos abrió a nosotros una puerta enorme: comprender que conservar no es solamente proteger una especie o un bosque. Conservar también significa preguntarnos quién puede acceder a la naturaleza y quién está quedando por fuera de ella.

Pajarerizar: formar seres humanos para la vida
En Guardián de las Aves tenemos un propósito que va mucho más allá de enseñar nombres de especies o de competir por acumular aves en una lista.
No soñamos únicamente con formar futuros biólogos, científicos, fotógrafos o grandes pajareros. Claro que sería maravilloso que muchos de nuestros niños y jóvenes encontraran su camino en la ciencia, la conservación, el turismo o la educación, pero nuestro propósito es más profundo:
queremos formar seres humanos para la vida.
Vivimos en un mundo cada vez más conectado a las pantallas y, paradójicamente, muchas veces más desconectado de aquello que verdaderamente importa. Una generación está creciendo entre notificaciones, algoritmos y ruido constante, y poco a poco corremos el riesgo de perder algo esencial: la capacidad de asombro.
Por eso creemos en las aves.
Porque tienen una capacidad extraordinaria para detenernos, hacernos mirar hacia arriba, despertar nuestra curiosidad y conectarnos nuevamente con algo que ninguna pantalla puede reemplazar: la vida real.
A eso le llamamos pajarerizar.
Es volver a mirar, a escuchar y a sentir. Y cuando un niño o un joven vuelve a sentir, también puede aprender a pensar en el otro, a cuidar, compartir, ser empático y comprender que no vive solo en el mundo.
Queremos que nuestros Guardianes tengan herramientas para afrontar la vida, pero también para entender que sus decisiones pueden transformar positivamente la vida de alguien más.
Y creo que Juanes es una de las muestras más hermosas de lo que puede ocurrir cuando esa semilla encuentra un corazón dispuesto a hacerla crecer.
No porque Guardián de las Aves haya creado a Juanes. Sería injusto decirlo.
Juanes ya traía dentro de sí una luz inmensa.
Nosotros simplemente hemos tenido el privilegio de acompañarlo, darle espacios, conectarlo con otras personas, escuchar sus ideas y creer en él. Porque quizás esa sea una de nuestras responsabilidades más importantes como adultos: no decirles a los niños y jóvenes exactamente qué tienen que ser, sino darles herramientas, acompañarlos y permitirles descubrir hasta dónde pueden llegar.

Hay cosas que ningún diploma puede medir
Entonces llegó el tercer lugar del International Young Eco-Hero Award 2026. Un premio enorme y un reconocimiento que llegó hasta Neiva para decirle a un joven colombiano de 14 años que su pregunta, su curiosidad y su esfuerzo habían cruzado fronteras.
Pero después ocurrió algo que para mí terminó de mostrar quién es realmente Juanes.
Tras el terremoto del 10 de agosto de 2026, mientras tantas personas enfrentaban momentos difíciles, Juan tomó la decisión de destinar parte de su reconocimiento económico para ayudar a quienes más lo necesitaban.
Y pensé: esto es.
Porque una persona puede ser brillante, ganar premios, tener talento y recibir reconocimientos, pero hay algo que ningún diploma logra medir: la capacidad de pensar en el otro.
Juanes entendió que su alegría también podía convertirse en ayuda, que su logro podía tener impacto en alguien más y que recibir también puede significar retribuir.
Y eso, para mí, es una de las formas más grandes de volar.

Detrás de Juanes hay una familia que también vuela
Esta historia tampoco estaría completa si no habláramos de Lorena Pérez y Juan Carlos Ávila, y de la familia que ha acompañado todo este camino.
Detrás de Juanes hay unos padres comprometidos hasta el tuétano. Personas presentes, que han llevado, esperado, acompañado y creído.
Y eso importa muchísimo.
Siempre digo algo que siento profundamente: sin el apoyo de papi y mami, muchas veces nuestros niños no podrían hacer todo lo que sueñan.
Los proyectos pueden abrir puertas, los profesores pueden enseñar y las organizaciones podemos acompañar, pero el hogar sigue siendo uno de los primeros lugares donde los sueños aprenden a sostenerse.
Por eso, Lorena y Juan Carlos, este reconocimiento también es de ustedes. Porque la recompensa de ser padres no siempre cabe dentro de un premio. A veces está en algo muchísimo más grande: mirar al ser humano que ayudaron a formar.
Y el ser humano que ustedes han ayudado a formar es inmenso.

Gracias, Juanes
Gracias por recordarnos que todavía vale la pena creer. Por hacer preguntas que muchos adultos dejamos de hacernos. Por no conformarte con decir que algo es injusto y atreverte a buscar una solución.
Gracias por enseñarnos que la inclusión también puede comenzar con una idea y por demostrar que la curiosidad puede convertirse en conocimiento, el conocimiento en propósito y el propósito en acción.
Gracias por tu humor, tus risas, tu entusiasmo y esa manera de llegar a cada espacio con la energía de quien todavía cree que el mundo puede ser mejor.
Y, sobre todo, gracias por no dejar de soñar.
Quizás algún día volvamos a hablar del Podiceps andinus. Quizás alguien vuelva a encontrar una especie que creíamos perdida. O quizás algunos sueños simplemente parezcan imposibles hasta que una nueva generación decida salir a buscarlos.
Y si ese día llega, no me sorprendería encontrar a Juanes allí, con los binoculares en la mano, sonriendo y creyendo.
Porque esa es quizás una de las cosas más extraordinarias que tiene:
Juanes no espera a que el futuro ocurra. Quiere ayudar a construirlo.
Eso es exactamente lo que esperamos de cada niño, niña y joven que pasa por Guardián de las Aves: que encuentre su propia luz, descubra sus capacidades, comprenda que sus ideas tienen valor, aprenda a pensar en los demás y nunca pierda la capacidad de asombro.
Porque las aves pueden enseñarnos a volar.
Pero jóvenes como Juanes nos recuerdan algo todavía más importante:
volar más alto no sirve de nada si no usamos nuestras alas para ayudar a otros a levantar vuelo.
Gracias, Juanes. Gracias por ser luz, por creer y, sobre todo, por demostrarnos que mientras existan jóvenes capaces de mirar un problema y preguntarse “¿qué puedo hacer?”, siempre habrá esperanza.
Vuela alto, Juanes. Pero nunca dejes de mirar hacia abajo para tenderle la mano a alguien más.
