Todos deberíamos ser planetistas.
Hay una pregunta que escuchamos con frecuencia y que cada vez nos produce más inquietud: —Ah, ¿ustedes son ambientalistas? Y desde hace tiempo tenemos ganas de responder con otra pregunta: —¿Y usted no? ¿A usted no le interesa el medio ambiente?
Porque hemos llegado a un punto extraño como sociedad. Parece que preocuparse por el planeta se hubiera convertido en una especialidad, una militancia, casi una afición de algunos. Como si cuidar el agua, respirar aire limpio, conservar los bosques, proteger las especies o preocuparnos por el clima fuera asunto exclusivo de “los ambientalistas”. ¿Y los demás?
Podemos hacer algunas diferencias. Un animalista suele concentrar su preocupación en el bienestar y los derechos de los animales. Un conservacionista trabaja por proteger especies, ecosistemas, hábitats y procesos naturales. Un ambientalista observa de una manera más amplia nuestra relación con el planeta: contaminación, agua, aire, recursos, biodiversidad, producción, consumo y clima.
Desde Birds Colombia podemos sentirnos cercanos a varias de esas miradas. Pero cada vez estamos más convencidos de algo: no deberíamos necesitar ninguna de esas etiquetas para entender que dependemos de la naturaleza para estar vivos. No necesitamos ser médicos para preocuparnos por nuestra salud. ¿Por qué tendríamos que ser ambientalistas para preocuparnos por el planeta?
Amar a los animales no siempre significa conservar la naturaleza
Y aquí queremos hacer una aclaración que probablemente resulte incómoda para algunos. Nos importan los animales. Profundamente. Pero eso no significa que creamos que todos los animales, en todos los lugares y bajo cualquier circunstancia, deban ser protegidos de la misma manera sin preguntarnos qué está ocurriendo con el ecosistema.
Porque incluso alrededor del amor por los animales hemos construido contradicciones. Hoy existe una enorme cultura alrededor de los animales domésticos. Perros y gatos se han convertido en miembros de nuestras familias, reciben atención médica, alimentación especializada, ropa, accesorios, hoteles, peluquerías, juguetes y toda una industria que crece alrededor de ellos. Y no tenemos ningún problema con quererlos.
El problema aparece cuando confundimos amar a un animal con conservar la naturaleza. No son necesariamente lo mismo.
Un gato puede ser profundamente amado por una familia y, al mismo tiempo, convertirse en un depredador extraordinariamente eficiente cuando circula libremente por un ecosistema al que no pertenece. Un estudio global publicado en Nature Communications documentó 2.084 especies consumidas por gatos domésticos de vida libre; 347 de ellas presentan algún grado de preocupación para la conservación. Entre sus presas hay aves, reptiles, mamíferos, anfibios e insectos.
No porque el gato sea “malo”. El gato simplemente es un gato. La responsabilidad es nuestra. Nosotros lo llevamos allí. Nosotros lo dejamos salir. Nosotros permitimos que se reproduzca sin control. Nosotros alteramos el equilibrio.
Por eso desde una mirada conservacionista hay una posición que debemos expresar con claridad: no podemos defender un animal doméstico por encima de una especie silvestre que pertenece naturalmente a un ecosistema.
Si proteger un animal doméstico significa permitir la desaparición de aves, reptiles, pequeños mamíferos o cualquier otra especie nativa, hay algo profundamente equivocado en esa manera de entender la protección animal. Eso no es estar contra los gatos. Es entender ecología.
Es comprender que un ecosistema no funciona como una colección de individuos aislados donde escogemos cuál animal nos produce más ternura. La naturaleza funciona a través de relaciones, equilibrios, depredadores, presas, plantas, hongos, insectos, agua y suelo. Millones de interacciones que se construyeron durante miles o millones de años.
Cuando introducimos una especie en medio de esas relaciones, las consecuencias pueden ser enormes. Por eso podemos compartir muchas preocupaciones del animalismo y al mismo tiempo sentirnos mucho más identificados con una mirada conservacionista. Porque para nosotros la especie y el ecosistema también importan.
Y hay otra contradicción de la que casi no hablamos. Los animales domésticos también se han convertido en una gigantesca industria de consumo: alimentos, empaques, accesorios, ropa, juguetes, productos desechables, servicios, transporte. Una enorme cadena productiva que necesita materias primas, energía, agua y territorio.
La investigación científica también ha comenzado a cuantificar la huella ambiental de la alimentación de perros y gatos en emisiones de gases de efecto invernadero, uso del suelo y consumo de agua.
Entonces podemos llegar a una paradoja extraordinaria: consumir cada vez más en nombre de nuestro amor por los animales mientras ese mismo consumo aumenta la presión sobre los ecosistemas donde viven los animales silvestres.
Y ahí volvemos a algo que atraviesa toda esta reflexión. El problema no son los perros. No son los gatos. No son las mascotas. Otra vez, el problema somos nosotros.
Nuestra manera de relacionarnos con ellos. Nuestra necesidad de convertir prácticamente todo aquello que amamos en una industria. Nuestra tendencia a humanizar algunas especies mientras permanecemos completamente indiferentes frente a la desaparición de otras.
Podemos conmovernos profundamente por un perro abandonado —y debemos hacerlo— pero pasar al lado de un humedal destruido sin preguntarnos cuántos miles de seres vivos dependían de él. Podemos indignarnos por un gato maltratado —y debemos indignarnos— pero considerar aceptable que gatos domésticos circulen libremente por un área natural cazando fauna silvestre.
Esa contradicción merece ser discutida. Porque conservar la naturaleza exige algo más complejo que simplemente querer a los animales. Exige entenderlos dentro del lugar al que pertenecen.
Ambas cosas, el bienestar de los individuos y la conservación de la biodiversidad, son importantes. Pero cuando entran en conflicto, nuestra posición es clara: la conservación de un ecosistema y de sus especies nativas no puede quedar subordinada a nuestras preferencias emocionales por determinadas especies domésticas.
No estamos perdiendo “naturaleza”. Estamos perdiendo nuestro soporte vital
Durante mucho tiempo hemos escuchado cifras sobre deforestación, especies amenazadas o calentamiento global y aprendimos a recibirlas casi con indiferencia. Un porcentaje más. Un bosque menos. Otra especie amenazada. Otro récord de temperatura.
Hasta que comenzamos a poner las cifras juntas y entendemos la dimensión de lo que está ocurriendo.
El Informe Planeta Vivo 2024 de WWF encontró que entre 1970 y 2020 el tamaño promedio de las poblaciones de vertebrados silvestres monitoreadas disminuyó un 73%. Y existe una cifra que debería estremecernos particularmente en esta parte del mundo: en América Latina y el Caribe la disminución promedio fue del 95%.
Esto no significa que haya desaparecido el 73% de todas las especies ni que solamente quede el 5% de los animales de América Latina. Es importante decirlo correctamente. Significa que el tamaño promedio de las poblaciones monitoreadas ha experimentado una disminución enorme.
Y no es el único indicador. IPBES estima que alrededor de un millón de especies animales y vegetales están amenazadas de extinción. Tres cuartas partes de la superficie terrestre han sido significativamente alteradas por las actividades humanas. Alrededor del 66% del ambiente marino experimenta impactos acumulativos crecientes. Y más del 85% de los humedales que existían hacia 1700 se habían perdido para el año 2000.
Uno pone estas cifras juntas y resulta difícil no preguntarse: ¿qué estamos haciendo?
¿Cuánto necesitamos?
Quizás una parte importante del problema esté contenida en una palabra de la que hablamos poco cuando discutimos sobre medio ambiente: más.
Queremos más. Producir más. Comprar más. Vender más. Extraer más. Viajar más. Construir más. Poseer más. Ganar más. Crecer más. Y después volver a crecer.
Hemos construido buena parte de nuestro concepto de éxito alrededor de la acumulación. El problema es elemental: intentamos sostener un sistema que exige crecimiento permanente utilizando los recursos de un planeta que es finito.
Según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la extracción de recursos naturales de la Tierra se ha triplicado durante los últimos 50 años. Y si continuamos por el camino actual, la extracción mundial de materiales podría aumentar otro 60% para 2060 respecto a los niveles de 2020.
Entonces la pregunta deja de ser filosófica: ¿hasta cuándo van a aguantar los recursos? ¿Cuántos bosques más podemos transformar? ¿Cuánta agua podemos contaminar? ¿Cuánto podemos extraer del subsuelo? ¿Cuánto plástico podemos fabricar? ¿Cuánto podemos pescar? ¿Cuánto podemos consumir?
¿Cuánto puede soportar un planeta antes de comenzar a cambiar de una manera que ya no podamos controlar?
Y entonces aparece la codicia
Hablar de esto inevitablemente nos lleva al dinero. No porque tener dinero sea malo. Ni porque quien tiene éxito económico sea enemigo del planeta. El problema está en otra parte.
¿Cuándo es suficiente?
¿Cuánto necesita una persona para vivir extraordinariamente bien? ¿Un millón? ¿Diez millones? ¿Cien millones? ¿Mil millones? ¿Diez mil millones? ¿Cien mil millones?
El World Inequality Report 2026 muestra que el 10% más rico de la población mundial posee aproximadamente tres cuartas partes de toda la riqueza global, mientras que la mitad más pobre posee apenas alrededor del 2%.
Pero hay una cifra todavía más difícil de imaginar: menos de 60.000 personas —el 0,001% más rico del mundo— poseen conjuntamente aproximadamente tres veces más riqueza que la mitad de la humanidad.
Repitamos eso. Menos de 60.000 personas frente a miles de millones de seres humanos.
Y al mismo tiempo, el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente señala que los países de ingresos altos utilizan aproximadamente seis veces más recursos y generan alrededor de diez veces más impactos climáticos que los países de ingresos bajos.
Por eso no podemos hablar de la crisis ambiental como si todos tuviéramos exactamente la misma responsabilidad. Todos tenemos alguna responsabilidad. Pero no todos tenemos el mismo poder. No todos consumimos igual. No todos contaminamos igual. Y, sobre todo, no todos tomamos decisiones capaces de afectar la vida de millones de personas.
Cuando negar el problema también es negocio
Y entonces llegamos al cambio climático.
Todavía existen personas que dicen que no existe. O que siempre ha cambiado el clima. O que los científicos exageran. O que todo esto responde a intereses políticos.
No toda persona que duda del cambio climático lo hace por avaricia o intereses económicos. Sería injusto afirmarlo. Pero tampoco podemos ser ingenuos.
Durante décadas se han documentado estrategias desarrolladas por sectores vinculados a la industria de los combustibles fósiles para sembrar dudas sobre la ciencia climática, desacreditar conclusiones científicas o retrasar decisiones que podían afectar sus negocios.
Y esa es una realidad particularmente inquietante. Porque una parte del negacionismo climático no nació simplemente de no saber.
Hubo quienes sabían. Pero reconocer públicamente el problema podía poner en riesgo negocios gigantescos.
Y ahí aparece nuevamente la pregunta: ¿cuánto dinero necesitamos antes de que el dinero deje de importar más que el futuro?
También sentimos desesperanza
En Birds Colombia creemos profundamente en la capacidad humana para hacer cosas extraordinarias.
Hemos visto comunidades recuperar ecosistemas. Personas dedicar su vida a proteger una especie. Reservas privadas nacer de un sueño. Familias transformar fincas productivas para abrirle nuevamente un espacio a la biodiversidad. Hemos visto niños observar un ave por primera vez y cambiar inmediatamente su manera de mirar el territorio. Hemos visto la conservación funcionar.
Por eso seguimos creyendo.
Pero también tenemos que reconocer algo. Hay momentos en que observamos nuestra manera de consumir y sentimos desesperanza.
Centros comerciales llenos. Filas para comprar el último teléfono aunque el anterior todavía funcione. Ropa diseñada para durar unas pocas temporadas. Productos envueltos dentro de otros empaques que a su vez vienen dentro de otro empaque. Objetos que recorren medio planeta para utilizarse durante minutos y terminar durante décadas o siglos convertidos en basura.
Compramos. Usamos. Botamos. Volvemos a comprar.
Y todo el sistema nos dice permanentemente que todavía nos falta algo para ser felices. Otro carro. Otro teléfono. Otra cosa. Más. Siempre más.
Y mientras discutimos cuál será nuestra próxima compra, el planeta continúa entregando los materiales necesarios para producirla. Algún árbol. Algún mineral. Algún litro de petróleo. Algún metro cúbico de agua. Alguna hectárea. Alguna montaña.
Porque las cosas no aparecen mágicamente en una tienda. Todo lo que consumimos salió alguna vez de algún lugar del planeta. Y casi todo terminará algún día en algún lugar del planeta.
Creíamos que no nos iba a tocar
Durante décadas hablamos del deterioro ambiental como si fuera un problema reservado para las generaciones futuras. Algo lejano. Una amenaza que ocurriría algún día.
En palabras más crudas: creíamos que el apocalipsis no nos iba a tocar.
Hoy esa certeza comienza a desaparecer.
No hablamos de un apocalipsis cinematográfico. Probablemente no habrá un día en el que alguien encienda el televisor y anuncie que el planeta se acabó.
Será mucho más silencioso.
Otro año más caliente. Otra sequía. Otro incendio. Otra inundación extraordinaria que comienza a dejar de ser extraordinaria. Otra población animal que desaparece de un lugar. Otro glaciar que retrocede. Otra comunidad que se queda sin agua. Otra cosecha que fracasa. Otro ecosistema que alcanza un límite.
La Organización Meteorológica Mundial confirmó que 2025 fue el segundo o tercer año más cálido del que se tiene registro, con una temperatura media global cercana a 1,43 °C por encima del promedio de 1850-1900. Los años comprendidos entre 2015 y 2025 fueron los once años más cálidos registrados.
Y el Informe sobre la Brecha de Emisiones 2025 de Naciones Unidas estima que, con las políticas actualmente implementadas, el planeta se dirige hacia aproximadamente 2,8 °C de calentamiento durante este siglo.
No es una película. Son mediciones. Son tendencias. Son datos.
La puerta ya comenzó a abrirse.
El único hogar que conocemos
Y tal vez lo más absurdo de toda esta historia sea que no tenemos un plan B.
Podemos mandar sondas a Marte. Podemos fotografiar galaxias a millones de años luz. Podemos descubrir planetas orbitando otras estrellas. Podemos imaginar colonias espaciales.
Pero hasta hoy existe solamente un lugar del universo que sabemos con certeza que puede sostener nuestra vida.
Este.
La Tierra.
Esta pequeña esfera extraordinaria donde coincidieron agua líquida, una atmósfera adecuada, temperatura, química, millones de años de evolución y una biodiversidad tan compleja que todavía ni siquiera alcanzamos a conocerla completamente.
Tenemos un solo hogar conocido. Y lo estamos consumiendo como si tuviéramos otro guardado en una bodega.
Por eso queremos volver a la pregunta inicial. —Ah, ¿ustedes son ambientalistas?
Sí. Conservacionistas también. Nos importan profundamente los animales. Nos importan las aves.
Pero en realidad quisiéramos llegar al día en que ninguna de esas palabras fuera necesaria para explicar por qué una persona se preocupa por el planeta.
Porque debería ser sentido común.
Tal vez el problema no sea ambiental
Con los años hemos comenzado a pensar que quizás llamamos “problema ambiental” a algo que en realidad es un problema humano.
Los bosques no decidieron desaparecer. Los océanos no produjeron plástico. Las aves no cambiaron el clima. Los jaguares no construyeron ciudades encima de humedales. Las ballenas no inventaron los combustibles fósiles. Los gatos no decidieron convertirse en una especie introducida en ecosistemas de todo el planeta.
Fuimos nosotros.
Y por eso quizá la solución tampoco consiste únicamente en proteger hectáreas, sembrar árboles o declarar nuevas áreas protegidas. Todo eso es indispensable.
Pero tenemos que trabajar también sobre la especie que está generando el problema.
Nosotros.
Nuestra forma de pensar. Nuestra relación con el éxito. Nuestra necesidad permanente de poseer. Nuestra desconexión con la naturaleza. Nuestra incapacidad para comprender que proteger otras formas de vida es, en última instancia, proteger la nuestra.
Y ahí está una de las razones profundas por las que nació Guardián de las Aves.
Guardián de las Aves nació porque desesperarnos no era suficiente
Cuando un niño descubre un ave ocurre algo que parece pequeño. La mira. Pregunta su nombre. Descubre que migra, que construye un nido, que canta, que cumple una función, que depende de un bosque, de un humedal, de un río.
Y lentamente deja de mirar “un pajarito”. Comienza a reconocer otro ser vivo compartiendo su territorio.
Ese cambio puede parecer insignificante frente a una crisis planetaria. Nosotros pensamos exactamente lo contrario.
Porque quizás la conservación no empiece salvando especies. Quizás empiece formando seres humanos que no quieran destruirlas.
Por eso Guardián de las Aves nunca ha sido solamente un proyecto de niños aprendiendo a observar aves. Es nuestra manera de intervenir el problema desde el origen.
Crear conexión. Generar empatía. Construir pertenencia. Reconocer el territorio. Entender que no somos dueños absolutos de este planeta sino una especie más dentro de una gigantesca red de vida.
Y devolver esperanza. También a nosotros.
Porque también tenemos momentos de desesperanza. Pero nos negamos a aceptar que nuestra única opción sea sentarnos a observar cómo ocurre.
Guardián de las Aves nació porque para Birds Colombia desesperarnos nunca fue suficiente.
Nació porque todavía creemos que podemos cambiar. Porque quizás un niño que aprende hoy a maravillarse con una tangara tome dentro de veinte años una decisión diferente sobre un bosque. Porque quizás una niña que descubre que un colibrí depende de una flor crezca entendiendo que todas las formas de vida están conectadas.
Porque quizás la generación que viene después de nosotros pueda redefinir una palabra que nuestra generación confundió demasiadas veces: progreso.
Progreso no puede significar destruir más rápido. No puede significar consumir más. No puede significar tener más mientras queda menos.
Tendrá que significar vivir mejor. Pero dentro de los límites del planeta.
Todos deberíamos ser planetistas
Quizás necesitamos una palabra nueva. Una palabra que no divida. Que no pertenezca a una ideología. Que no pregunte por quién votamos, qué profesión tenemos, cuánto dinero ganamos, dónde vivimos o a qué organización pertenecemos.
Planetistas.
Personas que comprenden algo extremadamente sencillo: vivimos aquí. Todos.
Respiramos la misma atmósfera. Dependemos de la misma agua. De los mismos océanos. De los mismos ciclos naturales. De los mismos polinizadores. De los mismos bosques. De la misma delgada capa de vida que cubre este pequeño planeta perdido en una inmensidad que apenas comenzamos a comprender.
Ser planetista no debería significar renunciar al desarrollo. Debería significar redefinirlo.
No debería significar regresar al pasado. Debería significar construir un futuro que pueda existir.
No debería ser una causa exclusiva de científicos, ambientalistas, conservacionistas o activistas.
Todos deberíamos ser planetistas. Porque tenemos un planeta. Y una responsabilidad.
La pregunta
No queremos terminar esta reflexión diciéndole a nadie que deje de comprar, que renuncie al desarrollo o que vuelva a vivir en una cueva. Ese no es el punto.
Queremos terminar haciendo una pregunta. Una pregunta para los gobiernos, para las empresas, para quienes poseen fortunas enormes, para quienes toman decisiones, para quienes niegan el cambio climático, para quienes trabajamos en conservación, para quienes amamos a los animales, para quienes tenemos mascotas, para quienes compramos cosas que no necesitamos, para Birds Colombia, para nosotros y para usted.
Vivimos en el único planeta que conocemos capaz de sostener nuestra existencia.
Durante miles de millones de años ocurrió una combinación extraordinaria de acontecimientos para que hoy usted pueda estar leyendo estas palabras y nosotros podamos escribirlas.
Tenemos agua, bosques, océanos, aves, insectos, plantas, mamíferos, ríos, montañas y una delgada atmósfera que hace posible algo tan improbable como maravilloso: la vida.
Entonces la pregunta no debería ser si somos ambientalistas.
La pregunta es mucho más sencilla. Y mucho más incómoda:
Estamos viviendo en el único hogar que conocemos. ¿Cómo nos estamos comportando con él?
Todos deberíamos ser planetistas.
Editorial Birds Colombia — La Voz de las Aves.
Fuentes principales: WWF, IPBES, Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Organización Meteorológica Mundial, World Inequality Report 2026, Nature Communications y Scientific Reports.
Imagen: NASA Earth Observatory — Blue Marble / Blue Marble: Next Generation. Imagen de la Tierra elaborada a partir de observaciones satelitales de NASA.